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domingo, 9 de agosto de 2020

La poesía y la metáfora

 

Abstracciones (1948)
José Pedro Costigliolo

Juguemos con esta idea: La poesía es un paraíso. En la Biblia, se puede leer que una de las primeras tareas que le encargó Dios al sujeto fue nombrar. Antes del sujeto, las plantas y los animales que vivían en el paraíso, no tenían una nominación. Entonces la poesía, como paraíso, puede existir sin el sujeto, pero el el acto de nombrar una noche estrellada, la expansión del universo, el sonido de las olas del mar entre otras experiencias que exalten el alma, necesita de alguien para existir. La poesía está en todas partes, a pesar del sujeto, y es la materia prima con la que se construye un teorema, una novela, una canción entre otras obras humanas.


Extendamos lo anterior: la poesía es un paraíso de metáforas. El científico y el poeta trabajan desde la poesía. Por ejemplo las leyes de conservación de la energía, del momento, del color y de la carga existen a pesar de nosotros, pero tienen sentido cuando aprendemos las metáforas para nombrarlas y entenderlas: la energía se conserva porque existe una simetría en el tiempo: pasado-futuro son indistinguibles para alguien que observe una bola de billar moverse en reversa. La imagen se reproduce en tu mente y cobra sentido con la experiencia de la próxima vez que jugarás billar. La poesía para entenderla y gozarlas necesita experimentarse. Otro ejemplo ahora desde la obra del poeta, Lezama Lima dice: «pues las olas son tan artificiales como el bostezo de/ Dios» ¿Quién no lo ha escuchado acostado en una hamaca bajo la sombra de una palapa? ¿Escucharás atentamente las olas del mar la próxima vez que vayas a una playa?


Dejemos a un lado las olas del mar y las leyes de conservación, tomemos el nombre del átomo. A finales del siglo XIX la mayoría de los físicos no creían en la existencia del átomo. Lo consideraban una ayuda teórica, un invento poético de los químicos, pero no un objeto real. Los químicos creían que realmente existía. Tuvo que llegar Einstein con un artículo para convencer a la comunidad de físicos que los átomos existen. Ahora podemos verlos con microscopios electrónicos y son tan reales como los describe Neruda en su “Oda al átomo” (fragmento):


Pequeñísima

estrella,

parecías

para siempre

enterrada

en el metal: oculto,

tu diabólico

fuego.


Un día

golpearon

en la puerta

minúscula:

era el hombre.


El átomo era poesía antes que Neruda lo descubriera o que Einstein le diera forma y contenido. El átomo viví en el paraíso y sólo nos quedó nombrarlo para convertirlo en poema, energía o una idea. El paraíso de las metáforas, aunque artificial como el bostezo de Dios, logra transformar nuestro mundo material. La teoría científica y el poema son tan parecidos en su capacidad de recrear nuestra realidad, que podría decirse que un buen científico, a su modo, también es un buen poeta.

sábado, 4 de abril de 2020

Sobre preguntas y respuestas en tiempos de crisis


Collins St. 5 p.m. (1955)
John Brack

Lo que deseamos a veces no tiene que ver con lo que queremos. Cómo obtener una respuesta útil si no nos hacemos una pregunta adecuada. Buscar argumentos, seguir una lógica y caer en contradicciones, tropiezos y aciertos en un ciclo a veces regular como un reloj. Es posible que el conocimiento se basa en el error y en la corrección. Unos dirán que sí, otros que no. Todo es posible bajo el mundo de la razón, que nos guste la respuesta es otro asunto.

A veces la respuesta está acorde a nuestras necesidades, porque representa una verdad que buscamos, pero llena de referentes que provienen de nuestros sistemas educativo y de comunicación. Las redes sociales propagan los discursos científicos y artísticos que emanan de la necesidad de mantener un orden económico. En la crisis, la bestia trata de dar sus últimos zarpazos a costa de la vida de miles de millones de trabajadores que arriesgan su vida y tratan de sobrevivir a un sistema que los llena de vicios: la egolatría, la vanidad, la soberbia, el individualismo, la libertad individual por encima de la colectiva. En un sentido materialista somos la forma en que producimos.

La riqueza de la que gozamos es producida por el hambre y la miseria de otros. Cierto es que hay intentos por cambiar las formas de consumo y producción, sin embargo todas ellas se encuentran alejadas de la realidad: por las buenas, los que tienen el poder, históricamente, nunca han cedido.

El Estado sólo es una parte de ese problema, es la herramienta de los que verdaderamente tienen el poder. Un desmantelamiento de empresas estatales comenzó desde la era Reagan-Thatcher para dar lugar a un modelo económico que ha propiciado apropiación privada de recursos que son comunitarios: el agua, la salud, la educación entre otros. Sus consecuencias son claras. En Ecuador se encuentran tirando a sus muertos a las calles, en Europa los centros de salud no se dan abasto, en Estados Unidos la COVID-19 sigue cobrando vidas y en México se hace todo lo posible por detenerla. Sin embargo, la prensa de la 4T no ha logrado tapar las carencias y corrupción en el sector salud y la lengua purulenta de gobernadores y empresarios que viven otra realidad.

Después de la cuarentena no acabará esta situación. Comienza una nueva estructuración de fuerzas sociales que provendrán del surgimiento de una conciencia colectiva de la explotación de la naturaleza y del hombre. Si bien es más fácil imaginarse un apocalipsis zombi que la caída del capitalismo, nos dice Jérôme Baschet en su artículo “Covid-19: el siglo XXI empieza ahora”: «Los historiadores suelen afirmar que el siglo XX global comenzó en 1914, con el ciclo de las guerras mundiales [crisis imperiales, auge del capitalismo, caída de las casas monárquicas]. Es probable que mañana se considere que el siglo XXI ha empezado en el 2020, con la entrada en escena del SARS-CoV-2 [crisis sanitarias, colapso de sistemas de salud, caída de Estados-nacionales]». La caída del capitalismo está cerca, tal vez estemos presenciando su declive y hay que estar preparados para resolver las preguntas que plantea esta crisis: aunque no nos guste la respuesta.

Raúl Fierro
Casa de las Ciencias de Oaxaca
Camino Nacional 4, San Sebastián Tutla, Oaxaca
51 7 50 87

sábado, 6 de julio de 2019

Un París de artistas farsantes y soledad

El desnudo azul (1907)
Henri Matisse


Trópico de Cáncer
Henry Miller
Santillana (2010)

Trópico de Cáncer es un manifiesto nihilista que Henry Miller, su autor, disfrazó de novela. Esta obra autobiográfica narra la historia de un hombre que conoce un París infecto de artistas farsantes que tratan de llenar su soledad y miseria con sexo y arte.

La corriente filosófica nihilista plantea el rechazo de los principios políticos, sociales, religiosos y morales que configuran las relaciones entre los seres humanos y su mundo. Se basa sobre el postulado de que el destino divino y la determinación histórica no tienen ningún sentido: «El mundo que me rodea está desintegrándose y deja aquí y allá motas de tiempo. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo…», nos dice Henry Miller a través de su alter ego-protagonista de Trópico de Cáncer.

Esa novela se desarrolla en un período después de la Primera Guerra Mundial y el inicio del alzamiento del fascismo y el nazismo. Posterior a ese conflicto, que desgarró por completo el orden aristócrata, la población europea voltea hacia discursos que ordenan, para el beneficio de la nueva clase dominante, el caos en el que se hundieron. Los valores (políticos, científicos, artísticos entre otros tipos) del feudalismo se encuentran en crisis y se empiezan a configurar los de la burguesía. Dentro de ese escenario histórico, París, que atraía a intelectuales, revolucionarios y vagabundos por igual, se llenaba de diversos placeres para olvidar los horrores de las batallas. En ese marco, Miller nos describe, en Trópico de Cáncer, sus relaciones y vivencias. Los seres humanos que habitan esa obra se sirven del arte, el esoterismo y la ciencia para satisfacer sus deseos egoístas. La búsqueda de la verdad, la justicia, la belleza entre otras categorías que configuran el desarrollo humano pasan a segundo plano en un París donde bulle la sífilis, la ebriedad y la soledad.

La novela es un grito alegre, con breves aullidos lastimeros por la resaca, ante el descubrimiento de que el ser humano es feliz cuando se libera de cualquier moral: «No tengo dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo», declara el protagonista. Ese chillido se traduce en pasajes eróticos que escandalizaron a una población estadounidense que se construyó bajo los principios del puritanismo cristiano: «En mi vida he mirado un coño tan serio. Parecía que nunca había visto uno. Y cuánto más lo miraba, menos interesante me parecía. Eso demuestra que no tiene nada de particular, sobre todo cuando está afeitado. Lo que lo vuelve misterioso es el pelo». El gobierno de Estados Unidos la prohibió en 1961 por su contenido obsceno.

Si algo debe atraer del nihilismo, es su capacidad para argumentar, de forma hábil y contundente, sus posturas sobre la miseria y las contradicciones morales del ser humano. En ese sentido, Trópico de Cáncer es un buen manual para descubrir a los artistas farsantes: «No es difícil estar solo, si eres pobre y fracasado. Un artista siempre está solo… si es un artista. No, lo que el artista necesita es sentirse solo.» El discurso del artista farsante declara “hago arte” pero sus acciones buscan el poder. Por ello su soledad, tristeza y sensibilidad son falsas, una máscara para ocultar que el único objetivo de su quehacer “artístico” es cumplir sus deseos carnales y políticos. Ellos son uno de los obstáculos de la evolución y revolución del conocimiento y el crecimiento espiritual.

El arte, según el nihilismo, debería ser «un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo de Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza, a lo que os parezca». El nihilista pone el dedo en la llaga y hacer sangrar todos los principios, todas las seguridades, nada se salva a su ojo y aun así Henry Miller está equivocado, aun así se contradice, aún así Trópico de Cáncer, a pesar de su carácter nihilista, busca que el lector encuentre a un verdadero ser humano entre sus páginas.

Raúl Fierro 
Casa de las Ciencias de Oaxaca
Camino Nacional 4 San Sebastián Tutla, Oaxaca
51 7 50 87

sábado, 6 de abril de 2019

Manifiesto demiúrgico I

El jardín de las delicias (1510-1515). El Bosco
Fuente: WkiArt

La dinámica del conocimiento tiene cuatro ingredientes fundamentales: el caos, la metáfora, el orden y la paradoja. A partir de estos cuatro ingredientes se configuran sistemas y obras. Una de las formas favoritas de comunicar obras y sistemas es la narración. Por eso una buena narración es una buena verdad, una que es aceptable para quienes la escuchan. Si ésta es verosímil y entretenida, el receptor genera un aprendizaje que se configura a partir de lo que el narrador problematice.

Para narrar se necesita describir a los personajes: cuál es su comida favorita, qué le desagrada de su vida cotidiana, qué traumas sufrió en su infancia entre otras preguntas que va realizando el narrador para capturar el segmento de espacio-tiempo donde se desenvuelven los actores que crea. La narración pone a prueba, en un campo de simulaciones, los actos morales e intelectuales. Por lo tanto una narración contiene los elementos necesarios para generar una situación compleja que permite estudiar los elementos fundamentales del conocimiento. Esta forma de comunicación convierte al narrador en un demiurgo, un ser que crea y armoniza universos.

Sin embargo el demiurgo en la Tierra está sujeto a sus necesidades urgentes y emergentes: comer, reproducirse, amar entre otras acciones que invaden a la Naturaleza. Por lo tanto toda su obra es violenta. La violencia en la obra radica en su capacidad de irrumpir en la mente (casa de las ideas que se localiza en la frontera de lo divino y lo humano). Una obra, cuando es potente, genera un acto revolucionario. En ese sentido la obra es un delicado aguijón o una mordida voraz. La violencia en la obra es consecuencia del carácter biológico del sujeto que le exige mantener su manifestación física y que se mantiene mínima cuando no cae en el vicio de los placeres.

¿Qué narrar? El caos, el cual es el crisol de donde surge el orden. El caos es la incertidumbre que surge de algún fenómeno del cual desconocemos sus principios básicos. Nuestro cerebro y nuestra mente tienden a configurar y descifrar esos fenómenos. Eso lo podemos vivenciar cuando leemos una novela y nuestro cerebro crea imágenes de los personajes, del espacio y el tiempo en el que se desarrolla la historia. También lo podemos experimentar en las ilusiones ópticas o cuando opinamos sobre un tema. La potencia del orden es directamente proporcional a la potencia de la metáfora y ésta se vuelve más poderosa entre más la alimentamos. Ésta se nutre de la experiencia sensorial del sujeto y lo que éste puede asimilar mentalmente. La perfección del demiurgo llega con los años y el compromiso con su búsqueda intelectual y ética. La metáfora se vuelve más poderosa en tanto que el demiurgo sea más disciplinado y tenga claro su objetivo.

La metáfora es el puente entre todos los conocimientos, entre todas las experiencias, entre todos los espíritus. La metáfora es la imagen, la posibilidad, la utopía, la fuerza motriz del intelectual. La metáfora, según José Lezama Lima, está:

«En medio de las aguas congeladas o hirvientes,
un puente, un gran puente que no se le ve,
pero que anda sobre su propia obra manuscrita,
sobre su propia desconfianza de poderse apropiar
de las sombrillas de las mujeres embarazadas,
con el embarazo de una pregunta transportada a lomo
de mula
que tiene que realizar la misión
de convertir o alargar los jardines en nichos
donde los niños prestan sus rizos a las olas,
pues las olas son tan artificiales
como el bostezo de Dios.»

Pero ese puente puede caer bajo el peso de la paradoja. Todo puente tiene fisuras porque sus materiales traen el signo de la imperfección del demiurgo terrestre. Una paradoja es una crisis, un evento que no se esperaba, es la muerte. La paradoja es la bala que mata a la metáfora pero ese cadáver metafórico, que apesta a caos, sirve de abono para un nuevo orden y el surgimiento de nuevos demiurgos terrestres, nuevos sistemas y nuevas obras.

Raúl Fierro
Casa de las Ciencias de Oaxaca
Camino Nacional 4 San Sebastián Tutla, Oaxaca
51 7 50 87